Reseña: Taller de Tapas Colombianas

Arepas de Colombia en Barcelona

Por Arlene Orduña Bayliss

Octubre 2012

No soy precisamente lo que se dice buena cocinera. Cocino la mayoría de las veces pensando sólo en alimentarme. Muchas veces he preferido ir a un restaurante que comer en casa, muchas. En parte, ideológicamente me pica un poco el tema de “la cocina”. La asocio a mujer de casa (tonterías en proceso de construcción) y creo que la paciencia no es una de mis virtudes. Tiende a quedarme un poco duro el arroz o la pasta, y ni qué decir de las tortillas que prefiero calentarlas directo en la estufa para no esperar a que se caliente el comal.

Hace unos días, una amiga mexicana, Rosi, que tiene viviendo en Barcelona nueve años, me llamó para preguntarme si estaba interesada en tomar un taller de tapas colombianas… me reí como primera reacción. ¿Un taller de cocina? ¿Un taller de comida Colombiana? No conozco Colombia, ni tampoco se me vino a la mente algún platillo que identificara como tradicional, y menos he tomado algún taller o curso que se relacione con la cocina.

Le dije que sí.

Era un domingo de doce del día a dos de la tarde. Pensé que sería una buena idea para cambiar de aires y, en el fondo aprovechar para levantarme más temprano de lo habitual en domingo. La cita era en Diógenes, un espacio creativo disponible a las actividades culturales como la cocina. No había leído quién daba el taller ni el menú, pero ahí estaba, un poco nerviosa y con la sensación de que podría sentirme un tal vez fuera de lugar.

Dos colombianas amantes de la literatura eran las encargadas de este taller, Cristina con residencia en Barcelona, con novio argentino y Elisenia, casada con un italiano viviendo en la parte norte de Italia. Simpáticas, parlanchinas, bromistas y sobre todo, con mucha nostalgia por su comida, por el taller, por hablar de cómo aprendieron a cocinar y de cómo, hoy en día lo siguen haciendo sin los recursos naturales que les ofrece su país por ser ahora residentes en otro.

No son maestras de cocina, son literatas dando un taller de tapas colombianas, platicando de cómo su mamá las enseñó a cocinar, lo que ella les decía para que las arepas quedaran ricas, del grueso exacto y la sal necesaria; del tiempo del plátano macho en el horno y de qué color se debe de poner para saber que está listo; de cómo pisar el patacón o cómo pelar los plátanos crudos.

Ahí estaba con dos colombianas aprendiendo y cocinando, además con una argentina y un italiano. Los tres con la necesaria apertura para aprender, recibir indicaciones y dejarnos llevar por los olores, los colores y las tradiciones de un país latinoamericano. Compartiendo lo que las mamás decían al cocinar y traduciéndolo al idioma personal, al idioma culinario, comparando, descubriendo.

Los plátanos machos, pelados y embarrados con mantequilla para irse directo al horno. Esperando que se cocieran unos veinte minutos, después acompañarlos con ate de membrillo y queso tipo Oaxaca encima, o el clásico para las quesadillas. Así se vuelven a ir al horno, para esperar que acaben de cocinarse y combinar los sabores dulces y amargos. Curiosamente empezamos con el postre.

La masa para hacer las arepas se hace con la mano. En este caso la masa de maíz blanco, de choclo ( maíz amarillo) y mi favorita, la masa rellena de queso.  Una vez esa masa en la mano, la magia está en darle vueltas con las palmas para lograr que queden redondas y parejas con las yemas de los dedos. Cristina contó cómo su madre madrugaba para realizar todo el ritual de este platillo: las arepas. Incluso nos mostró un video en donde su novio está aprendiendo de cómo su suegra madruga para poder desayunarlas recién hechas.

La arepa tiene apellido colombiano y venezolano. Aunque en Panamá también existe la tradición, estos países las “pelean-defienden”. Finalmente cada región le da su toque y su diferencia al carbón o a las brasas, tratándose de una herencia compartida, incluso con nosotros los mexicanos, pues las arepas, son nuestras gorditas.

Mientras las arepas y los plátanos se cocinaban: a picar se ha dicho. Tomate y mucho cebollín, pero mucho; me sorprendió que no sólo se pica la parte blanca, sino que el punto es acabarse el cebollín, todo ese color blanco con todo ese color verde. Estábamos en plena preparación entre todos, entre las lágrimas de la cebolla, las risas por las lágrimas y las recetas para no llorar: el hogao. Es una salsa salada con tomate, cebolla, sal y comino. Podría compararlo con el pico de gallo pero cocinado en aceite.

Así llegaba el turno del patacón o los patacones, garnachas. Es plátano macho pero verde y duro de pelar. Cortado en trozos y aplastado entre dos tablas o platos pero que, en este caso y muy a mi gusto, se utilizaron tortilleros. Una vez aplastados, Cristina decía que en ocasiones queda como una flor de plátano, se sumerge en aceite y queda frita, lista para comerla con sal o con hogao. Nuestros totopos. Incluso fueron por dos aguacates que se convirtieron en una combinación perfecta.

Lo que serían dos horas de taller, fueron casi cinco con comida incluida. Empezamos seis personas pero se unió el novio argentino, el hermano colombiano y el novio francés de la argentina tallerista. No me di cuenta pero me sentía en familia; la cocina por un momento nos unió bajo su propio lenguaje. No sabíamos nada el uno del otro, no era necesario, se trataba de compartir lo que el otro quisiera dar, platicar.

Ese preparar con mandil, buscando trapos, identificando los buenos cuchillos, saboreando los olores y dejándose llevar por la comida, me hizo recordar la cocina de mi mamá. No sólo su sabor, sino el espacio, sus pláticas, los consejos, los olores y el fuerte arraigo que ello provoca. Las cocinas que hemos recorrido, las manchas en su mandil que no se fueron, los sabores que siempre están y la nostalgia de no estar. Igual que las colombianas, estaba, sin saberlo, abrazada a la cocina con nostalgia.

@ArleneBayliss

www.elviajeconescalas.blogspot.com

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One Comment to “Reseña: Taller de Tapas Colombianas”

  1. Reblogged this on EL VIAJE CON ESCALAS.

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